miércoles, 14 de marzo de 2012

El picudo rojo y la cayena



                                                    El picudo rojo y la cayena
    Poseo 15 bonitas palmeras y hace dos años, por el ataque del picudo rojo, una se secó.
     Fue durante las tareas de talar y quemar los restos de la palmera cuando conocí físicamente al temido picudo rojo. Dentro de mí apareció un sentimiento de alarma  e impotencia porque conocía, por las noticias que anteriormente habían aparecido en la prensa, que no existía ningún modo de eliminar al temido picudo. No obstante fui a documentarme y comprar ‘lo que fuera’ a una tienda especializada en insecticidas y allí, de casualidad, conocí a la persona que tenia nuestra Comunidad  como responsable de las acciones y el seguimiento del comportamiento del picudo.
    Vino a ver las palmeras y diagnosticó, con acierto, todas las que estaban infectadas. Apliqué las recomendaciones que me indicó, mediante la contratación de personas especializadas, consistentes en la inyección de tres frascos de  insecticida en el tronco de cada una de ellas y fumigaciones  periódicas con un insecticida que, también indicó. Con este tratamiento desapareció la infección de todas las palmeras.
    Con la colocación de los frascos de insecticida las palmeras quedaron, puede imaginar, con tres  goteros cada una. Parecían estar en una U.C.I.  Así, con vigilancia permanente, pasaron el invierno sin presentar síntomas de infección. Pero llegó la primavera y descubro que, de vez en cuando, aparecía en vuelo algún individuo. Inicio las fumigaciones cada 15 días y desparecen los picudos pero no veía a ninguno muerto. No lo podía entender hasta que me di cuenta que habían abierto una entrada por una de las cepas que quedan al cortar una palma.
    En este momento no tenía insecticida y decido fumigar con el caldo producido al cocer un puñado de cayenas rebajado con agua.  Pica tanto que, pensé, igual no los mata pero al que ‘enganche’ lo dejo ciego, seguro. A un tarro de cayenas cocidas les ponía cuatro litros de agua. Con este líquido fumigué y llené su entrada, varias veces.  Resultado, en todo el verano capturé, muertos, más de cien picudos que todavía guardo en un recipiente. Casi todos ellos en la misma palmera, la que tenía la entrada y morían en la misma entrada o en cualquier lugar  que se posaran. Quedaban inmóviles, caían y morían en el suelo. Dentro de unos días voy a inyectar este ‘potingue’  en los troncos de todas.
    Ayer  leí un artículo que aparece en una revista que trata sobre las bondades de la capsaicina, principio activo presente en la cayena para tratar distintas patologías de personas. Es realmente impresionante.  
    Es, dice, que la capsaicina contenida en la cayena molida y transformada en pimienta aplicada en crema es un eficaz remedio de urgencia en caso de infarto.
    Tanto la Medicina Ayurvédica como la Medicina Tradicional China aseguran que aumenta  las defensas y ayuda a disolver las flemas, el colesterol y los trombos limpiando las arterias además de hacer un efecto beneficioso sobre el estómago, el bazo y el corazón.   Estos datos han sido ratificados, recientemente, mediante un estudio realizado en la Universidad de Tasmania, Australia. Igualmente se ha constatado que en forma de parche, crema aceite o ungüento aplicado externamente reduce el dolor en patologías como la artrosis reumatoide  y distintos tipos de neuropatías.
    Anoche  preparé  la cena y, entre otros,  un plato de champiñón al ajillo. Hasta ahora siempre lo había preparado con ajos fileteados y una cayena rota, con los dedos, encima de la sartén.  Anoche le puse una pizca de pimienta de cayena en lugar de la cayena seca de siempre. El resultado fue que tenía un fino sabor, muy agradable, y estaba muy bueno. Pero lo verdaderamente interesante fue que, después de la cena, y durante toda la noche, estuve muy relajado y con calor interior muy agradable. Hoy voy a repetir.
    Y así, con este trajín, hasta otro día.







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